El sabelotodo y el aprendiz

En el mundo, siempre pagará mejor el saber que el no saber.

Saber está asociado con el prestigio, el poder, la posición, los ascensos, las oportunidades de trabajo, etc.

El precio que pagamos por no saber es alto, está relacionado con la pérdida de autoestima, la discriminación, la falta de promoción, el desprestigio, etc.

Las organizaciones contratamos a las personas por lo que saben y difícilmente por su capacidad y apertura al aprendizaje.

Desde ahí, es fácil entender el por qué los seres humanos nos aferramos al saber, real o fingido, pero finalmente al saber.

Existen dos maneras de vivir la vida, desde la posición del sabelotodo (knowers) o desde la posición del aprendiz (learners).

Para ser una persona que sabe, es necesario haber sido previamente una persona que NO sabe, sin embargo, para poder reconocerme como una persona que no sabe, es decir, un aprendiz, es importante e imprescindible, hacer una par de declaraciones: Las de ignorancia y la de incompetencia.

Las personas difícilmente realizamos estas declaraciones, pues a pesar de que ellas nos colocan en una posición de apertura al proceso de aprendizaje, éstas le pegan directamente a nuestra autoestima.

En la colectividad, sucede algo semejante. Para poder ser una organización sapiente, es necesario reconocernos como una organización ignorante.

Pero en la organización, la ignorancia debe ser una situación protegida, que garantice a sus miembros poder reconocer ésta como punto de inicio para aprender.

A parte del problema de autoestima, tenemos que reconocer que se nos dificulta hacer estas dos declaraciones, por la simple razón de que les damos un carácter de permanente.

Cuando alguien desea abrirse al proceso de aprendizaje o a la posición de aprendiz, tiene que saber que la ignorancia e incompetencia son circunstancias temporales y subsanables pues, si estamos dispuestos a aprender, pronto dejaremos de serlo.

La posición de sabelotodo no tiene que ver con alguien que lo sabe todo, como nos indica el nombre, sino con alguien que pone su autoestima en tener siempre la razón.

El sabelotodo vive el síndrome del “producto terminado”, se declara sabio y competente para cualquier situación que enfrenta.

El sabelotodo se coloca en un papel de víctima, pues se encuentra atrapado en el pensamiento de no poder explicar cómo es que las cosas no funcionan a pesar de que él sabe todo, así que termina por responsabilizar a otros de la situación, perdiéndose la oportunidad de auto analizarse y encontrar áreas de oportunidad y aprendizaje propias.

Al leer esto, me gustaría que el lector más que pensar “yo no soy así”, haga un ejercicio para analizar en qué áreas de su vida le es difícil declarar ignorancia e incompetencia y con este acto de conciencia comenzar por abrirse al gran mundo de oportunidades y de crecimiento que nos brinda el aprender.

El aprendiz es protagonista, al poner más atención en las variables internas que sí puede controlar y no en aquellas externas que están fuera de su control.

No es que el saber sea malo, solo que normalmente esto nos cierra a la oportunidad de seguir aprendiendo.

Vivámonos con humildad como aprendices y dejemos a un lado la soberbia que irremediablemente nos coloca en la cerrazón del sabelotodo.

Juan Carlos Puerta